El Gobierno de Estados Unidos ha presentado las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030, impulsadas por el secretario de Salud Robert F. Kennedy Jr. y la secretaria de Agricultura Brooke Rollins. El lema oficial es simple: “eat real food” y reducir ultraprocesados y azúcares añadidos.
La controversia llega por el “cómo” y el “qué”: el documento se acompaña de una pirámide invertida que, según múltiples expertos, puede empujar a una lectura favorable a proteína animal, lácteos enteros y grasas saturadas, y a la vez generar confusión con los mensajes sobre grasas y cereales integrales.
Qué cambia realmente: de MyPlate a la pirámide invertida
Durante años, EE UU abandonó el esquema clásico de la pirámide y lo sustituyó por MyPlate (un plato dividido por grupos de alimentos) como icono educativo. MyPlate reemplazó a MyPyramid y se consolidó como el referente visual oficial.
Ahora, el cambio es doble:
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Vuelve la pirámide, pero en formato invertido.
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Se reordena el protagonismo: la guía destaca proteína, lácteos y “grasas saludables” y desplaza los cereales a la zona menos destacada del gráfico.
El punto más discutido: proteína alta y origen poco definido
Una de las grandes novedades que más se está discutiendo es la recomendación de proteína: la nueva guía sitúa el objetivo en torno a 1,2–1,6 g/kg de peso corporal (por encima del estándar histórico de 0,8 g/kg que se usa habitualmente como referencia general).
Las críticas se concentran en dos ideas:
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No se diferencia con suficiente claridad entre fuentes de proteína más favorables (p. ej., pescado, legumbres, opciones menos grasas) y otras con más grasas saturadas (p. ej., ciertas carnes rojas o lácteos enteros).
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Se teme que el mensaje “pro-proteína” alimente la actual “protein craze” (moda de hiperproteína), especialmente en ciertos perfiles, sin aportar beneficios proporcionales para la población general.
Grasas “saludables”… pero con mantequilla y sebo en escena
Las guías mantienen el consejo clásico de limitar las grasas saturadas (en general, por debajo del 10% de la energía diaria), pero al mismo tiempo han generado ruido por incluir como opciones culinarias algunos productos asociados al debate sobre saturadas, como mantequilla o sebo en el discurso público alrededor del documento.
El resultado, según varios análisis, es un mensaje difícil de aterrizar: se dice “ojo con las saturadas”, pero el icono y el marco comunicativo pueden interpretarse como una rehabilitación cultural de grasas animales.
“Comida real” sin políticas: el enfoque queda en lo individual
En lo positivo, hay consenso en que insistir en menos ultraprocesados, menos azúcares añadidos y más alimentos mínimamente procesados es un mensaje potente.
La crítica es que la guía pone el peso del cambio casi por completo en decisiones individuales, mientras que los determinantes de dieta (precio, acceso, entorno alimentario, comedores escolares, ayudas públicas) quedan menos desarrollados en el debate público que ha acompañado al lanzamiento.
El choque con la ciencia asesora: “se han ignorado recomendaciones”
Varios organismos y voces académicas han pedido más transparencia sobre el proceso y sobre por qué el resultado final se aleja de parte del trabajo del Dietary Guidelines Advisory Committee (DGAC), el panel científico que revisa evidencia para orientar estas guías.
Algunas organizaciones y análisis sostienen que una porción relevante de las recomendaciones del DGAC no se ha trasladado al documento final y lo enmarcan como un giro con prioridades políticas e industriales (carne y lácteos, especialmente).
Por qué importa: estas guías influyen en políticas públicas
Más allá de la guerra cultural, las guías alimentarias federales suelen servir de base para decisiones que afectan a millones de personas: programas de alimentación, material educativo y contratación pública de alimentos.
En otras palabras, la discusión no es solo “qué se recomienda”, sino qué se incentiva y qué se normaliza en la práctica.