Los tratamientos basados en agonistas de GLP-1 han cambiado el abordaje de la obesidad en pocos años. Su popularidad se ha disparado por los resultados visibles en la báscula, pero un análisis amplio publicado en The BMJ pone el foco en lo que ocurre después: al suspender el tratamiento, el peso tiende a volver antes de lo esperado y los beneficios metabólicos también se diluyen.
Qué analizó el macroestudio
La revisión reunió 37 investigaciones con más de 9.300 participantes. El objetivo fue medir qué pasa cuando las personas interrumpen estos fármacos: cuánto peso recuperan, a qué velocidad y qué ocurre con indicadores clave de salud cardiometabólica.
El hallazgo principal: el peso vuelve en menos de 1,7 años
La conclusión central es clara: tras dejar estos medicamentos, el peso recuperado llega rápido. En conjunto, el estudio estima que el retorno al peso previo puede ocurrir en menos de 1,7 años, con una recuperación media aproximada de 0,4 kilos al mes.
Además, la revisión señala que esta recuperación es más rápida que la observada cuando se abandonan programas convencionales de dieta y ejercicio, donde el retorno al punto de partida suele tardar casi cuatro años.
Cuánto peso se recupera durante el primer año
El análisis concreta cuánto se recupera en los primeros doce meses tras suspender el tratamiento:
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Una media de 4,8 kg si se usó cualquier medicación incluida en los estudios.
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Alrededor de 6 kg si se utilizaron agonistas de incretinas en conjunto.
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Hasta 9,9 kg si se tomaron los fármacos más recientes y eficaces, como semaglutida (Ozempic/Wegovy) o tirzepatida (Mounjaro).
No solo vuelve el peso: también se revierten mejoras metabólicas
El efecto rebote no se limita a la báscula. El estudio advierte de un aspecto especialmente relevante: tras dejar la medicación, también tienden a revertirse las mejoras en marcadores como colesterol, triglicéridos, glucosa en ayunas y presión arterial. Según la revisión, muchos indicadores regresan a valores cercanos a los iniciales en torno a 1,4 años.
Por qué ocurre: “cuanto más se pierde, más rápido se recupera”
Uno de los puntos clave que subraya el autor principal es que la velocidad de recuperación se relaciona con la magnitud de la pérdida: cuanto más peso se pierde, más rápida suele ser la recuperación al interrumpir el tratamiento. Esto explica parte de la diferencia frente a dietas convencionales, aunque el análisis también sugiere que, incluso controlando por kilos perdidos, la recuperación puede seguir siendo más rápida tras fármacos que tras intervenciones conductuales.
La limitación importante: falta seguimiento largo en los fármacos más nuevos
El trabajo reconoce un límite relevante: en los medicamentos más recientes y potentes, como semaglutida y tirzepatida, los datos tras la suspensión se concentran sobre todo en aproximadamente 12 meses. Las estimaciones a dos años se basan en extrapolaciones, ya que solo uno de los estudios incluidos aportó seguimiento completo a ese plazo.
Apoyo conductual: no frenó el rebote en los ensayos
Otra conclusión llamativa es que, en el conjunto de estudios, los programas de apoyo conductual durante el tratamiento no redujeron claramente la velocidad de recuperación posterior. La hipótesis es que, al funcionar el fármaco controlando el apetito, puede reducirse el aprendizaje de herramientas conductuales útiles cuando el tratamiento se retira.
Obesidad como enfermedad crónica: la clave está en el enfoque a largo plazo
Varios expertos recuerdan una idea esencial: la obesidad suele comportarse como una enfermedad crónica, con tendencia a recaer cuando se interrumpe el tratamiento. El debate real pasa por el uso a largo plazo, el acceso continuado y el precio, además de mantener como base medidas sostenibles de alimentación saludable y actividad física.