El dolor tiene una doble cara. Por un lado, es una señal de supervivencia: avisa del peligro y obliga a apartarse a tiempo. Por otro, puede convertirse en un sufrimiento inútil cuando persiste durante meses o años, incluso después de que la lesión haya sanado. El dolor crónico afecta a una parte importante de la población y sigue siendo uno de los retos médicos más difíciles de tratar con seguridad.
El problema de los opioides: eficacia con un precio alto
Durante décadas, los opiáceos (morfina, codeína y otros) han sido herramientas clave para controlar el dolor intenso. Funcionan porque se unen a receptores opioides del sistema nervioso central. El problema es que su acción es muy amplia: además de aliviar, pueden causar depresión respiratoria, generar tolerancia y, en muchas personas, conducir a adicción.
Este equilibrio entre alivio y riesgo ha impulsado la búsqueda de terapias que actúen con más precisión: reducir el sufrimiento sin “apagar” por completo la señal de alarma que protege.
El hallazgo: separar el dolor “sensorial” del dolor “emocional”
Un estudio experimental con ratones, publicado en Nature, propone una idea potente: no eliminar el dolor, sino desconectar la parte emocional que lo convierte en sufrimiento.
La investigación se centra en la corteza cingulada anterior, una región implicada en cómo el cerebro evalúa y vive el dolor. En casos extremos de dolor crónico (por ejemplo, algunos pacientes con cáncer), existe una intervención quirúrgica llamada cingulotomía, que puede reducir el sufrimiento aunque el estímulo doloroso siga presente. El objetivo del nuevo trabajo era lograr un efecto parecido, pero sin cirugía invasiva.
Cómo lo lograron: un “interruptor” diseñado para un grupo de neuronas
El equipo identificó un grupo muy concreto de neuronas en la corteza cingulada anterior que:
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se activan con el dolor
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expresan receptores opioides
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participan en la dimensión afectiva del dolor
Después introdujeron, mediante ingeniería genética, un receptor artificial que actúa como un interruptor: no responde a los neurotransmisores naturales, pero sí puede activarse con un fármaco considerado inocuo. Al activarlo, las neuronas quedan silenciadas temporalmente.
El efecto observado fue clave: se redujo la angustia asociada al dolor, sin eliminar la sensación protectora.
Qué cambió en los ratones: sienten el estímulo, pero no sufren igual
Los animales seguían detectando el estímulo doloroso y mantenían respuestas defensivas, como retirar la pata ante algo dañino. Lo que se reducía era el componente de comportamiento y estado interno que se asocia a dolor crónico: esa reacción desproporcionada que no se explica solo por el riesgo real.
Además, el efecto se mantuvo al menos una semana y no se observaron signos claros de tolerancia en ese periodo, lo que apunta a una posible vía de tratamiento precisa, reversible y con menor riesgo que los opioides convencionales.
Un paso más: medir el dolor mejor para descubrir fármacos mejores
Más allá del “interruptor”, el equipo desarrolló una herramienta llamada LUPE, un sistema de aprendizaje profundo que analiza comportamientos espontáneos relacionados con el dolor en animales. La idea es mejorar cómo se mide el dolor en investigación preclínica, algo crucial para acelerar el desarrollo de tratamientos que luego puedan trasladarse a humanos.
Lo que refuerza este estudio: el dolor es un estado del cerebro
La lectura de fondo es cada vez más aceptada en neurociencia: el dolor no es solo una señal que sube desde el cuerpo, sino un estado dinámico moldeado por percepción, memoria y emoción. Entender qué circuitos sostienen cada parte del dolor podría ayudar también a abordar complicaciones frecuentes del dolor crónico, como depresión o adicciones, que pueden alimentar un círculo vicioso.
Prudencia: la meta no es “borrar” el dolor
Los autores advierten frente a la fantasía de eliminar todo dolor. No sentir dolor puede ser peligrosísimo: el ejemplo clásico es el de personas con alteraciones genéticas que no lo perciben y se exponen sin darse cuenta a lesiones graves. El horizonte más realista sería otro: tratamientos que reduzcan la carga afectiva del dolor crónico y lo conviertan en una señal más manejable, sin perder la función protectora.