La era sanitaria de la telemedicina

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«Existen zonas remotas con escasa cobertura sanitaria o zonas de conflicto permanente que podrían tener programas de sanidad a través de la red»

En diciembre de 2019 casi nadie había oído hablar de Wuhan. Solo los expertos conocían la existencia de una neumonía de origen desconocido, que más tarde demostró ser causada por el Sars-CoV-2: el coronavirus. De lo que el mundo sí había oído hablar durante largo tiempo es que la telemedicina era un recurso para mejorar la accesibilidad a la sanidad a nivel global: Hollywood se adelantó a la realidad con la medicina remota de la ciencia ficción, pero también hemos visto los parámetros más básicos de salud de los astronautas monitorizados a distancia desde el inicio del programa Apolo, y el control de cientos de parámetros de los bólidos de Fórmula 1 en tiempo casi real para ganar por milésimas de segundo carreras vertiginosas con puntas de velocidad de más de 300 km por hora.

Vivimos en un mundo en el que más del 50% de la población tiene acceso a internet, con al menos un terminal por persona, y paradójicamente, existen zonas remotas con escasa cobertura sanitaria o zonas de conflicto permanente que podrían tener programas de sanidad a través de la red. En España, en un entorno tecnológico con más del 90% de habitantes con acceso a internet, debería poder accederse a más servicios especializados en la llamada España vaciada, o mejorar la asistencia y cobertura de pacientes y cuidadores con dificultades de movilidad.

Pero este escenario en que la telemedicina podría ayudar a muchísima gente nunca ha sido aprovechado. El Covid-19 está cambiando el mundo como un malo de película y le está obligando a hacerse mejor. Al vernos encerrados en un confinamiento indispensable, nos hemos colocado de cara a la pantalla. El uso de tecnología empezó siendo un mal necesario adoptado a toda prisa, y ahora ya es el estándar. Cuando empiece el desconfinamiento (que esperemos sea pronto, pero todo indica que irá para largo, a la espera de posibles recidivas y de una vacuna que se demorará largos meses) y la distancia social sea de obligado cumplimiento, no se modificarán sustancialmente nuestros hábitos.

Durante el confinamiento, y mientras sufrimos por las UCI y los fallecimientos por la nueva enfermedad, también se ha dado un salto de años prospectivo en telemedicina. Finalmente podemos afirmar que asistimos a la uberización que se esperaba de la medicina, es decir la de última milla. El sector privado se ha reconvertido, empezando por las iniciativas ya preparadas de aseguradoras pioneras como Sanitas, que han pasado de 250 televisitas diarias a más de 5000, y tantas otras están arrancando a toda velocidad. También están participando en este cambio las «startups» del sector, como Doctoralia, capaz en 15 días de crear herramientas de telemedicina desde cero para todos sus médicos y profesionales sanitarios suscritos, tirando de músculo tecnológico y conocimiento del sector, y poniendo más de 2000 profesionales a disposición de los pacientes españoles de manera telemática.

Como sociedad, hemos aprendido que la sanidad, aún y sin coste directo, tiene recursos limitados. Un coste alto de recursos reduce la disponibilidad de los mismos en caso de emergencia como está siendo el caso de esta pandemia. Los pacientes, cada vez más reticentes a acercarse a servicios de urgencias de hospitales, que han sido La Meca de peregrinación al menor signo de problema físico o mental grave, ya tienen quien les valore a distancia. Esto es importante, porque el comportamiento de evasión de los hospitales puede provocar demoras en la atención médica, en ocasiones, indispensable.

Tenemos la solución en la telemedicina, y por eso está viviendo un auge: en Cataluña ya hay más visitas virtuales a la sanidad primaria pública que presenciales, según reflejan las estadísticas de su software eCAP. La telemedicina puede aportar un control visual del paciente por parte del profesional, no solo para el llamado triage de urgencias, sino también para el futuro control de pacientes crónicos mediante el empleo de dispositivos médicos conectados. Sin se necesario un control en milésimas de segundo, puede disponerse de uno diario de parámetros concretos capaces de anticipar cambios que requieran ajustes de tratamiento.

De este modo se mantiene a los pacientes más frágiles lejos de las camas hospitalarias. Esto podría reducir el número de urgencias en un 80%, y adecuar mucho más toda la asistencia que se presta al entorno de cada persona. Porque la medicina personalizada no es sólo genética, sino que debe tener en cuenta la realidad tanto social como mental de las personas. Esta pandemia también ha puesto en relevancia la necesidad de un mayor control sanitario en las residencias de ancianos, y por tanto debería imponerse una modernización de los centros: las herramientas digitales de monitorización y control de la salud física y mental, además del ejercicio físico necesario, serán el requerido cordón umbilical entre el personal de las residencias y los responsables sanitarios de las mismas.

La trazabilidad, digna de los Fórmula 1, tendrá un gran fin en los mayores, que podrán seguir conectándose a familias y amigos vía online. Probablemente esa tan señalada brecha digital por edad no sea ya tan pronunciada tras los tiempos del coronavirus. Estos cambios, que están sucediendo de forma perceptible y aceptada por ciudadanos y profesionales, marcan los inicios de una nueva era, del mismo modo que la presentación en 2007 del iPhone por parte de Steve Jobs marcó el inicio de la transformación digital. La cultura, que según Peter Drucker se come la estrategia para desayunar, se ha tragado de un bocado los problemas que la tecnología iba a dar a todos los colectivos implicados. Es la nueva era de la telemedicina: conectémonos para una mejor salud y calidad de vida.

 

Fuente: abc.es

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