‘La salud que viene’: las nuevas tendencias en salud según Mapfre

'La salud que viene' las nuevas tendencias en salud según Mapfre
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La salud sigue siendo un tema de preocupación para los españoles, más aún con el covid todavía al acecho. Por eso, Mapfre revela en su estudio ‘La salud que viene’, cuáles serán las tendencias que marcarán este sector.

Sin haber dejado atrás todavía la pandemia, entramos en una era de recuperación y crecimiento económico en la que el valor de las relaciones y el cuidado, tanto propio como de nuestros seres queridos, se mantendrá muy arriba en nuestra escala de prioridades. De hecho, el 72,4% de la población española manifiesta una mayor preocupación por su salud desde que comenzó la pandemia. Por lo que, ante el crecimiento tanto del interés como de la necesidad real, resulta indispensable poner la salud y el bienestar en el centro de cualquier estrategia –individual, familiar, social o empresarial–, según se indica en el estudio ‘La salud que viene’, elaborado por Mapfre.

Además, las tensiones del sistema sanitario han llevado a los gobiernos a exigir mayor eficiencia y transparencia tanto a las instituciones públicas como a los proveedores privados, alentado la necesaria digitalización del sector. Por el otro, los actores tradicionales (grupos sanitarios, aseguradoras, farmacéuticas y fabricantes de dispositivos médicos) han visto florecer el interés por el sector de un nuevo tipo de entrantes: los tecnológicos –startups y gigantes digitales como Apple, Google o Amazon–.

En relación con el consumidor/paciente, la rápida adopción de las soluciones digitales por parte de la población general ha conllevado un aumento de sus expectativas en lo que a facilidad e inmediatez se refiere. El creciente interés por el bienestar ha generado una demanda que va más allá de los servicios médicos tradicionales. La empatía y la confianza se han convertido en factores clave para garantizar nuestra fidelidad a los proveedores de servicios de salud. Pero con la transformación digital a medio hacer y el panorama de actores altamente fragmentado, construir propuestas de valor holísticas y ofrecer una experiencia del paciente homogénea y sin fisuras parece una misión imposible.

Efervescencia

En los últimos años, el sector de la salud ha experimentado una inyección de liquidez sin precedentes. Solo en 2021, las startups de salud digital recibieron 31.000 millones de dólares en capital riesgo, un 60% que el año anterior. Nadie quiere dejar escapar un mercado que alcanzará los 426.000 millones de dólares en 20274.

Una de las principales consecuencias de la entrada de actores tecnológicos es la altísima especialización del ecosistema. Las startups empiezan con una solución muy específica y, al igual que en otros sectores, en los años anteriores a la pandemia apostaban mayoritariamente por integrarse en propuestas de valor más amplias mediante alianzas, pues la comercialización directa requiere de un esfuerzo mayor y preferían dedicar esos recursos al desarrollo de la tecnología. Sin embargo, en los últimos dos años este enfoque ha cambiado: el auge de la telemedicina y el apetito de los inversores por el sector han permitido la proliferación de los modelos B2C.

Al mismo tiempo, el interés de los inversores ha pasado de las tecnologías orientadas a la mejora del rendimiento de los proveedores médicos (como las nuevas formas de diagnóstico) a soluciones digitales dedicadas al consumidor o paciente. A día de hoy, éste es el modelo del 86% de las startups de salud en España, el cuarto país con mayor número de empresas emergen- tes del sector a nivel global.

Los gigantes tecnológicos también ven el mercado de la salud como el próximo territorio a conquistar. A sus inherentes capacidades tecnológicas hay que sumarle su estrecha relación con los usuarios –que pasan varias horas al día en sus entornos– y su demostrada experiencia para crear valor a partir de los datos. Y por si todo esto fuera poco, actores de sectores aparentemente alejados –como las telecomunicaciones– también se han lanzado a la carrera por convertirse en el “one-stop shop” de la salud.

Ahora mismo el sector de la salud se encuentra en una situación paradójica: cuentas más compañías intentan convertirse en plataforma y construir una relación estrecha con los usuarios, más atomizada está la oferta y más complejo es crear experiencias homogéneas para los clientes. La necesaria especialización de los actores hace pensar que el ecosistema esquivará la concentración y, por el contrario, se consolidará en base a infinidad de alianzas multidireccionales.

Interoperabilidad

Uno de los múltiples efectos colaterales de la pandemia ha sido la consciencia sobre los datos personales de salud y su acceso a ellos por imperativo legal. Si bien acreditar ciertas vacunas ya era necesario para acceder a ciertos países antes de la pandemia, tener que mostrar un documento con nuestro nombre completo y nuestro estado de vacunación para acceder a un restaurante o una sala de conciertos ha tensado los límites de nuestro derecho a la intimidad. Todo ello mientras la confianza de los consumidores respecto a la privacidad está bajo mínimos: solo el 41% confía en la capacidad de sus proveedores de salud para custodiar adecuadamente sus datos. Y pese a la proliferación de los dispositivos de salud orientados al consumo (como relojes y pulseras de actividad), solo el 10% de los encuestados confía en las compañías tecnológicas como garantes de la seguridad de sus datos de salud.

El recelo de los usuarios respecto a sus datos se sustenta en parte por el poco valor que perciben por su explotación. A diferencia de otros sectores, como el retail o el entretenimiento –donde la cesión de datos permite experiencias enriquecidas y personalizadas– el potencial de los datos todavía no está generando valor tangible a los usuarios de servicios de salud. Y no es por falta de apetito: 7 de cada 10 consumidores estarían dispuestos a compartir sus datos de salud y ejercicio a cambio de personalización y beneficios adicionales en sus pólizas de seguros.

Estas limitaciones se deben en gran medida al retraso del sector en materia de transformación digital y, sobre todo, a la dispersión y estanqueidad del almacenamiento de datos de salud: prácticamente cada centro médico cuenta con un sistema propio, un silo impenetrable. La primera ola de la digitalización en salud se centró en los sistemas de gestión hospitalaria e institucional. Una segunda ola, alimentada por los avances en inteligencia artificial, inició la disrupción en los sistemas de diagnóstico y asignación de tratamiento. La pandemia propulsó una tercera ola, centrada esta vez en la digitalización de la relación médico-paciente (la telemedicina). La cuarta ola deberá romper con los silos de información, impulsando los estándares para facilitar el intercambio de información y actualizando las infraestructuras tecnológicas para hacerlo posible de manera eficiente y (sobre todo) segura.

Empoderamiento

El aumento de la consciencia social respecto el bienestar y la reducción de los márgenes operativos de los proveedores de salud impulsan el crecimiento de los servicios de salud preventiva. Con un tamaño de 320.000 millones de dólares, se espera que este mercado crezca un 7,8% anual hasta rozar los 559.000 millones en 2028.

Los avances tecnológicos han permitido poner a disposición de los pacientes innumerables dispositivos para la automonitorización, ya sea con fines médicos, deportivos o de bienestar. En el ámbito de la electrónica de consumo, el interés de muchos usuarios por conocer sus métricas de actividad y salud ha auspiciado la proliferación de los relojes y pulseras de actividad, como Fitbit o el Apple Watch. Éstos y otros dispositivos médicos de consumo suelen ir acompañados de programas de actividad gamificados (basados en retos y competición social). Al mismo tiempo, los avances en genética han saltado del uso científico a la salud de consumo, poniendo test moleculares y análisis genéticos a disposición del ciudadano medio que, más allá de descubrir su propensión a determinadas enfermedades, puede conocer su sensibilidad a determinadas sustancias y cambiar sus hábitos para cumplir sus objetivos de salud y bienestar: dormir mejor, perder peso, mejorar su capacidad cardiovascular, etc.

Estos avances dotan al ciudadano de herramientas para tener más conocimiento y control sobre su bienestar, empoderándolo y convirtiéndolo en parte activa de la prevención y el camino hacia una salud mejor. Al mismo tiempo, permiten a los operadores de salud (tanto públicos como privados) construir una relación más cercana con los usuarios con mayor riesgo, ofreciéndoles acompañamiento y ofertas personalizadas. Sin embargo, el aparente alcance masivo de estas tendencias parece estar lejos de provocar un efecto tangible sobre el estado general de la salud de la población, pues las enfermedades asociadas al estilo de vida (sedentarismo, tabaquismo, alimentación…) están experimentando un crecimiento descontrolado. Solo en Europa viven 61 millones de personas con diabetes, enfermedad que el año pasado causó más de un millón de muertes en la región; se espera que la cifra aumente un 10% de aquí a 2030, alcanzando los 67 millones de personas.

Personalización

En los últimos diez años, la medicina ha sido unos de los campos con mayor interés y potencial para la inteligencia artificialel procesado masivo de datos permite entrenar algoritmos capaces de anticipar una enfermedad, dar con el diagnóstico adecuado o identificar el tratamiento con mayores probabilidades de éxito. Evidentemente estos avances no han sido ajenos a las barreras comentadas anteriormente respecto al acceso a la información: los silos, la inmadurez de los expedientes médicos digitales o la cantidad de datos que simplemente no constan en ningún sistema. Aun así, los resultados son muy prometedores y algunos estudios aseguran –no sin controversia– que la inteligencia artificial ya ha superado al ser humano.

La inteligencia artificial es también esencial para la medicina personalizada. La clave está en combinar el acceso masivo a información agregada y anonimizada con fuentes de datos relativas a un individuo en concreto: su historia médica, los datos provenientes de la secuenciación de su ADN y su fenotipo molecular, factores contextuales y de comportamiento capturados median- te dispositivos, etc. Gracias a la inteligencia artificial, además, la medicina personalizada no se queda en el diagnóstico presente y en la elección del tratamiento, sino que se adentra en el mundo predictivo, ayudando al personal médico a prever futuras dolencias y a anticipar el impacto de un determinado tratamiento sobre el paciente.

Uno de los principales habilitadores de la analítica predictiva es la capacidad de simulación. El uso de gemelos digitales o “digital twins” es una práctica cada vez más extendida en el ámbito de la salud: la inteligencia artificial utiliza grandes cantidades de datos para representar virtualmente sistemas complejos y simular posibles escenarios ante el cambio de determinadas variables. La salud y la Industria 4.0 están llevando el uso de los gemelos digitales al siguiente nivel, creando grandes redes de gemelos para simular ecosistemas enteros, cadenas de suministros e incluso los distintos órganos del cuerpo humano. De hecho, el 87% de las empresas asegura que los gemelos digitales se están convirtiendo en elemento esencial para colaborar dentro del ecosistema, y el 66% espera aumentar la inversión en gemelos digitales durante los próximos 3 años.

Otra de las tecnologías detrás del concepto de medicina personalizada es la impresión 3D. Se espera que la inversión en aplicaciones de la impresión 3D para la salud alcance los 6.000 millones de euros en 2027. A nivel preoperatorio, la impresión 3D supone una herramienta muy útil para ensayar y planificar intervenciones mediante réplicas 3D de los pacientes, reduciendo los tiempos de intervención y los factores de riesgo en quirófano. Por otro lado, la posibilidad de imprimir prótesis, órtesis e incluso material médico permite salvar barreras de personalización y disponibilidad, creando un impacto positivo en el paciente y en el sistema de salud en su conjunto.

Home-spitals

Ya hemos comentado el impulso que la pandemia ha dado a la telemedicina. En febrero de 2021, el uso de los servicios médicos remotos –que alcanzó su pico en abril de 2020, durante los confinamientos masivos en Europa– era 38 veces superior a los niveles prepandemia, lo que confirmaba ocho meses de relativa estabilización. En otras palabras, parece que la telemedicina ha venido para quedarse y, por tanto, una parte relevante de la atención primaria se traslade de los centros médicos a los hogares: se estima que en 2025 el gasto en atención domiciliaria representará el 25% del presupuesto total de salud. Esta tendencia no es nueva, pues ya en 2016 el Foro Económico Mundial acuñó el término home-spital.

Los factores que impulsan este movimiento son diversos pero indiscutibles. En primer lugar, la saturación de los sistemas de salud públicos (incluso antes de la pandemia) y la lentitud con la que las infraestructuras físicas se adaptan al crecimiento de la población en áreas urbanas. En segundo lugar, el envejecimiento de la población: en los países ricos de Europa, el porcentaje de población de más de 80 años se va a doblar de aquí a 205016. En tercer lugar, la necesidad de los prestadores de salud públicos y privados (incluyendo las aseguradoras) de aliviar los costes operativos para acomodar los precios de los nuevos tratamientos. Y en cuarto lugar, pero por encima de todos los anteriores, la necesidad de devolver a la atención sanitaria el trato humano, cercano y de calidad que las tensiones en el sistema han deteriorado en los últimos años.

Pero la descentralización de la atención sanitaria tampoco está exenta de retos. Por un lado, los proveedores de servicios de salud deben velar por el correcto cumplimiento de los tratamientos, por lo que es de vital importancia establecer soluciones de control respetuosas con la intimidad de los pacientes. Ello puede dar lugar a nuevos modelos de negocio en los que se incentive de forma proactiva la buena praxis de los pacientes. Por otro lado, no podemos infravalorar los retos logísticos inherentes al suministro de medicamentos a domicilio, la cesión de equipamiento médico o bien la realización de visitas presenciales a domicilio.

Descentralizar el sistema de salud no solo significa conectar a médicos y pacientes de forma remota: esta transformación abarca todos los aspectos de la cadena de valor. Hoy encontramos diferentes fórmulas de diagnóstico remoto, con aplicaciones que van de la medicina general –como el kit de dispositivos de TytoCare– hasta dolencias sofisticadas, como la apnea del sueño –véase el método no invasivo de Acurable–. Además, las nuevas formas de terapia digital han demostrado ser capaces de aumentar la calidad del servicio y al mismo tiempo contribuir a aliviar la escasez de recursos. La soluciones de salud autoservicio, como PAI Health (salud cardiovascular) o Koa Health (salud mental) utilizan la inteligencia artificial para ofrecer programas personalizados que el usuario realiza por su cuenta y a su ritmo. El médico, en este caso, queda en un segundo plano, moni- torizando la evolución de los indicadores y permaneciendo atento a posibles señales de alerta que requieran una intervención. Y, finalmente, encontramos infinidad de soluciones de monitorización de pacientes, como Donisi para la congestión pulmonar.

 

Fuente: segurosnews.com

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